Anécdotas
- Paula del Valle
- 26 mar
- 3 Min. de lectura
Trabajar en la edición de María Nadie, de Marta Brunet, ha sido una de esas experiencias que te cambian la idea que tenías del oficio de editor. Llegamos al proyecto pensando —supongo que como todo el mundo al principio— que editar consistía en corregir, pulir, dejar un texto “mejor” de lo que estaba. Pero este libro nos enseñó justo lo contrario: que hay veces en las que editar significa, sobre todo, aprender a no tocar.
La novela, publicada en 1957, nos sitúa en un entorno rural chileno donde la llegada de una mujer desconocida —esa “nadie” del título— altera silenciosamente un orden ya de por sí cargado de tensiones, jerarquías y violencias más bien contenidas que explícitas. A medida que avanzábamos en la lectura, nos fuimos dando cuenta de que el lenguaje no era algo neutral en la novela, sino que construía directamente ese entorno rural, sus relaciones y su forma de vida. En el caso de Marta Brunet, el modo de hablar de los personajes no es un simple vehículo de la historia, sino una parte esencial de cómo se define el mundo que habitan. Eso nos obligó desde el principio a ser especialmente cuidadosos con cualquier intervención editorial.
Sin duda, el momento más intenso de todo el proceso fue el cotejo. Nos organizamos por parejas y repartimos los capítulos, pero con una regla clara: ningún fragmento se revisaba una sola vez. Cada parte del texto pasaba, como mínimo, por dos parejas distintas. Eso significaba releer, comparar, volver a dudar y discutir si una coma estaba de más o si llevaba ahí desde siempre. Hubo días en los que sentíamos que avanzábamos lentísimo, pero también eran los días en los que más entendíamos lo que teníamos entre manos.
Porque el problema no era solo detectar errores, sino decidir qué era realmente un error. Y ahí es donde trabajar con una autora fallecida cambia completamente las reglas del juego. Con Marta Brunet no hay margen para negociar, ni para sugerir, ni para preguntar. No puedes hacer corrección de estilo como tal. Solo puedes ser lo más fiel posible a una voz que ya no puede explicarse.
Otra parte importante fueron los chilenismos. Había expresiones que no entendíamos del todo, y eso nos obligó a investigar bastante. En ese sentido tuvimos suerte, porque una compañera del grupo es chilena y nos ayudó mucho a entender matices que no aparecen en los diccionarios. Gracias a eso pudimos trabajar con más seguridad y evitar cambios innecesarios. Esto acabó siendo una de las partes más interesantes del proceso, porque nos hizo ver hasta qué punto el lenguaje construye mundo creado por Brunet. Adaptarlo habría sido, en cierto modo, desactivar parte de la novela.
Y en medio de ese trabajo tan minucioso, tuvimos una suerte enorme: contar con un prólogo de Nona Fernández. Su lectura fue un pequeño acontecimiento dentro del proceso. No solo porque el texto es realmente lúcido y bien estructurado, sino porque nos permitió ver la otra cara de la edición: la de trabajar con una autora viva,fue algo completamente distinto a la relación casi silenciosa que teníamos con Brunet. Y ese contraste, la verdad, fue uno de los aprendizajes más valiosos.
Al final, más allá de los archivos de Word numerados, de las correcciones en papel y de las horas de discusión, lo que nos llevamos es una idea mucho más clara de lo que significa editar. No es imponer una lectura, ni “mejorar” un texto desde fuera. Es escuchar, afinar, sostener. Y, en casos como este, también asumir una cierta responsabilidad: la de contribuir a que una obra como María Nadie encuentre nuevos lectores en España sin perder nada de lo que la hace única. Porque, en el fondo, editar también es eso: una forma de cuidar lo que ya estaba ahí.
Paula del Valle




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